El último viaje en coche

>> martes, 29 de mayo de 2012




Siempre le había gustado viajar en coche, dejarse llevar y permanecer en silencio mientras observaba el paisaje que rápidamente cruzaba ante sus ojos, al mirar por la ventanilla abierta. Sentir el aire en su rostro, su flequillo alborotado y si era posible una bonita música de fondo para disfrutar mejor del paseo.
Hoy, la ventanilla del coche permanecía cerrada, no había música ni siquiera podía ver el paisaje porque la noche era muy oscura. El silencio tan solo era roto por el motor del coche. Aún así, ella disfrutaba del viaje con su pensamiento perdido en alguna parte muy lejana de donde se encontraba realmente.

Llevaban circulando cerca de tres horas –calculaba Celia- cuando de repente, una nausea que no pudo controlar, provocó que vomitara hacia el lado derecho de donde se encontraba.

.- ¡Puta! –oyó que vociferaba la persona que le había acompañado en estos últimos días.

Ella no le hizo caso, y siguió con esa sonrisa estúpida marcada en su cara sucia después de incorporarse y volverse a recostar sobre el asiento del coche. La voz de Ángel, que hacía apenas unas semanas le parecía de locutor de radio, le chirriaba ahora los oídos cada vez que le escuchaba.

Cuando lo conoció en el que era su primer trabajo en la redacción del periódico, ella como becaria y él como redactor jefe de la sección de noticias locales, siempre le pareció muy atractivo, tranquilo y simpático. Parecía ser el hombre perfecto, amable con todos sus compañeros y muy detallista con ella. Rápidamente cayó rendida entre sus brazos influenciada por el embrujo de esos ojos verdes que la observaban y por las delicias de sus frases con respecto a su rendimiento en el trabajo.

Apenas se habían visto fuera del trabajo una decena de veces. Ella, a pesar de su juventud, quería que su relación fuera más visible a los ojos de sus amistades, pero él siempre le pedía más tiempo. Es decir, se tenía que conformar con mirarlo en las muchas horas que pasaban en la oficina, y esas pocas veces que salieron a pasear, cenar y hacer el amor en su apartamento. Nadie en la oficina sabía de los encuentros esporádicos que ambos consumían en sus ratos libres de trabajo, cosa que para ella se había convertido en un juego. Al fin y al cabo, era lo que Ángel deseaba.

Fue en uno de esos encuentros en el apartamento de él, cuando sintió un golpe en la cabeza y perdió el conocimiento. Cuando despertó y desde ese momento, ya nunca supo dónde se encontraba ni qué día de la semana era. Se encontraba en lo que ella creía un sótano por la oscuridad que envolvía todo, por el olor a humedad y polvo y por el silencio que atronaba su cabeza. Ésta le dolía mucho, al igual que las muñecas por el roce de la cuerda que le ataban.
Cada cierto tiempo, alguien a quien no reconocía por la oscuridad que reinaba, le traía algo de comer y agua para beber. Pero ella apenas probaba bocado. El dolor de cabeza que tenía era intenso y vomitaba con mucha frecuencia.

En un par de ocasiones, el hombre que entraba en silencio a traerle la comida, le bajaba las bragas y la penetraba con fuerza. Apenas tardaba unos minutos en correrse, mientras ella dejaba deslizar una lágrima por su rostro hasta llegar a sus labios y bebérsela.

Cuando un día la tomó en sus brazos y la metió en un coche, ella ya no sentía dolor. Tan sólo vivía alimentada por sus pensamientos. Incluso llegó a sentir placer con el movimiento del coche circulando por la carretera y el sonido del motor.
No le importaba el destino. Tan sólo deseaba que esa historia con final no feliz, terminase cuanto antes.

Y enseguida terminaría. En un momento determinado, el coche se paró. Él se bajó y durante unos minutos, ella se encontró a solas entre sus propios vómitos.
Al rato, él abrió la puerta del coche por donde ella estaba y la arrastró afuera sujetándola por las axilas. A pesar del golpe que recibió al dejarla caer al suelo, agradeció que el frescor del aire de la noche le diera de lleno en la cara.
Apenas estuvo unos momentos parada. Enseguida él, nuevamente, la agarró por las axilas y la arrastró hasta lo que parecía la orilla de un río.
Un golpe en la cabeza y todo terminó para Celia.

Al día siguiente, como cada día a la misma hora, había reunión en la redacción para comentar y debatir las noticias que iban llegando a la redacción.
Ángel desde su mesa y rodeado de sus becarios y asalariados, distribuía el trabajo.

.- Encontrado el cadáver de una joven flotando por el río a su paso por la ciudad- leía impasible. Miguel, tú y Sonia acercaros a la zona.

Alguien, en algún momento preguntó:

.- ¿Hoy no ha venido Celia?

2 comentarios amigos:

Anónimo 29 de mayo de 2012, 17:39  

Creo que la realidad supera a la ficción, a este bello relato negro. Pobre Célia, pobres algunas de ellas.
Franc

Anónimo 29 de mayo de 2012, 17:39  

Creo que la realidad supera a la ficción, a este bello relato negro. Pobre Célia, pobres algunas de ellas.
Franc

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