La chica pelirroja de las trenzas

>> sábado, 15 de diciembre de 2012

                                     Cuadro: Kimeta Castañe


No pasaba nada; todo era como lo fue el día anterior y como seguramente sería el día de mañana. Encontrarse un grifo que goteaba era lo más parecido a la normalidad en su vida. No haberlo era casi hasta cómico.
Se levantó demasiado temprano para intentar terminar ese libro que se le resistía y devolvérselo al fin a su querida vecinita; esa que le provocaba tocándose las trenzas pelirrojas que colgaban desde su redonda cabeza.
Puso la cafetera en el fuego y mientras esperaba que saliera el café y lavaba un vaso sucio, pensó si acaso la vida había sido injusta para él o fantástica para el resto.
Bebió hasta saciar su sed nocturna, mojó una magdalena en el café con leche y tirándose en el sofá, dejó que el día creciera para que no le acusaran de noctámbulo.
Las estrellas, si acaso las hubo, tendieron a difuminarse con el frescor de la mañana, y el azul oscuro del cielo se aclaró tan pronto como le rozó el cacareo de unos gallos encerrados en algún corral cercano.

- Te devuelvo el libro -le dijo casi a susurros.
- No hace falta; te lo regalé.
- No lo quiero. Ya me quedo con lo que me interesa.
- ¿Y qué es lo que te interesa?
- Ver cómo te derrites por mí cuando estoy delante.

Cerró la puerta de golpe, haciendo el ruido que no había hecho antes. Se metió corriendo en la cama, sonriendo y pensando que ella seguía detrás del muro de su descaro. Pero no era así; ella llamó a la puerta del grasiento vecino de la izquierda y con su mejor tocamiento de trenzas, le prestó el libro que tan usado ya tenía.

©Hisae 2012



3 comentarios amigos:

Anónimo 19 de diciembre de 2012, 8:58  

Me gusta, y me gusta cuando te pones travieso.
Davil

Anónimo 2 de enero de 2013, 18:40  

Eso k tiene k ber con el libro k bobo

Anónimo 2 de enero de 2013, 18:42  

K estupides mas estupida kien poso esta idiotes

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